Lunes, 26 Octubre 2020

Ingeniero forestal, Mg. en Restauración del Paisaje y Gestión de Recursos Culturales, Ambientales y Paisajísticos. Investigador Fundación Grupo HTM. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Jorge Vasquez

¿Has sentido cómo en los últimos años las temperaturas parecen cada vez más altas? ¿Pudiste oír con más frecuencia en las noticias los problemas de desabastecimiento de agua por causa de prolongados e intensos tiempos secos? ¿Y cómo especialmente durante esos periodos secos siguen ardiendo bosques y montañas a lo largo y ancho de Colombia? ¿Te enteras de los cada vez más numerosos afectados por deslizamientos e inundaciones provocadas por eventos cada vez más intensos de lluvia?

Lo más probable es que hayas respondido sí a alguna de estas preguntas. Esto significa que el cambio climático global es real, y tiene expresiones locales en todo el planeta. No es un fenómeno distante ni un asunto del futuro. Está ocurriendo y seguirá ocurriendo con mayor intensidad en los próximos años en todo el planeta, y el planeta, obvio, incluye la calle, cuadra, manzana, barrio, comuna, en que vivimos. No es mentira, exageración o chiste[1]. Por esto, necesitamos adaptarnos a la nueva situación, que será permanente.

Del mismo modo en que una crisis en las finanzas personales o familiares nos obliga a pensar cómo hacer un mejor uso de los recursos, gastar menos, o tener mayores ingresos, y la crisis energética a racionalizar el consumo[2] (estuvimos al borde de un racionamiento) o cambiar nuestras fuentes de energía, la crisis climática nos invita a pensar en los ajustes que necesitamos hacer en nuestras actividades y comportamientos cotidianos y en nuestro estilo de vida.

Hemos visto cómo los últimos años, durante varias semanas, en Medellín, Bogotá, Cúcuta y otras ciudades, las autoridades ambientales alertaron sobre los críticos niveles de contaminación atmosférica, en razón de los cuales aumentaron las medidas para restringir el uso de vehículos particulares, desaconsejaron salir a hacer actividad física, e incluso pensaron en suspender actividades en las instituciones educativas para no exponer a los niños a los niveles de polución del aire que respiramos, y que según datos de algunos investigadores, contribuye de forma determinante a la muerte diaria de 5-8 personas en el Valle de Aburrá, por citar sólo un ejemplo.

El cambio climático y la contaminación atmosférica nos afectan a todos, sin discriminación, de forma directa e indirecta. Pensemos en que las cenizas de los incendios forestales en La Amazonía o en Venezuela las respiramos en nuestras ciudades. Pensemos en los 11,2 billones de pesos que costó al país (¡a nosotros!) el fenómeno de La Niña del año 2010-2011. Es mucho dinero, ¿no? Vemos que el impacto de estas situaciones no es sólo ambiental y a la salud, sino a la economía[3].

La ecología nos enseña, y lo hará cada vez de forma más ruda, que en la trama de la vida todo está conectado. Desde la desaparición de los bosques en nuestros campos hasta el crecimiento del número de automóviles que circulan por nuestras ciudades, son múltiples las causas del cambio y variabilidad climática y de la contaminación atmosférica.

Algunas reclaman acciones gubernamentales locales y nacionales y de los organismos internacionales. Confiemos y demandemos que las realicen, porque está claro que sin la presión de una ciudadanía educada y cohesionada y sin el apoyo de medios de comunicación responsables, nuestros gobiernos no harán las cosas con la velocidad que la gravedad de la situación reclama. Otras acciones son ineludibles, porque nos corresponden a cada uno de nosotros.

Una pequeña y con un impacto positivo es mantener lo más sano posible nuestro entorno inmediato. No sólo los lugares en que vivimos y trabajamos, sino también nuestra calle y barrio. Y mantenerlo sano no es sólo asear, separar y sacar oportunamente los residuos, o no hacer ruidos que afectan nuestra salud y la de los vecinos. Es tener un hábitat que nos haga sentir frescos, cómodos, incluso alegres.

Por ello veo con preocupación un fenómeno que se está dando en nuestros barrios y que estoy seguro también ustedes han visto. Estamos eliminando las áreas verdes. Estamos suprimiendo nuestros árboles, arbustos, prados, jardines. No entiendo bien por qué, si para todos es tan obvio el placer y el bienestar que las plantas nos brindan. Nos ofrecen sombra y frescura, captan parte del polvo que emiten los vehículos, dan cobijo y alimento a las aves que nos alegran las mañanas, ayudan a que las alcantarillas no colapsen y las quebradas no se desborden, además de otros muchos servicios.

Llenar de pavimentos impermeables nuestros antejardines, jardineras, y andenes elimina todos esos placeres y beneficios. Los antejardines y andenes son parte del espacio público, y tienen una importante función colectiva, reconocida por la ley colombiana. Pero muchos de ellos se están convirtiendo en parqueaderos o en zonas comerciales, originando problemas para la movilidad peatonal y la convivencia en zonas residenciales, sin mencionar los perjuicios para las infraestructuras verdes y las redes ecológicas urbanas que harían ciudades más amables para caminar y reconocernos.

Por ello las inspecciones de policía, las secretarías de tránsito, las oficinas de planeación municipal, y las secretarías de medio ambiente deben atender con eficacia este fenómeno creciente en nuestras ciudades. Nuestra salud física y mental necesita esos espacios verdes. Necesitamos mantener y aumentar el verdor en nuestros sentidos y en nuestros paisajes para vivir mejor.

[1]https://twitter.com/ed_hawkins/status/729753441459945474

[2] https://www.youtube.com/watch?v=YUIe5E4pgQ0

[3]https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/Prensa/Impactos%20Econ%C3%B3micos%20del%20Cambio%20Climatico_Sintesis_Resumen%20Ejecutivo.pdf

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