Sábado, 28 Noviembre 2020

Foto Pablo JBB

Por: Pablo Alejandro Quintero Duarte
Docente y Magíster en literatura 

Dadas las circunstancias de nuestra época actual, el discurso ambientalista cobra mayor y mayor importancia en nuestras sociedades, desde todos los campos del saber. La ecología es por definición una ciencia que está en un cruce de caminos entre las ciencias exactas de la naturaleza y las ciencias sociales: no puede estudiarse la interacción de los seres vivos con su entorno, asunto para nada simple del que se ocupa esta ciencia, sin contemplar las interacciones de humanos, tiempo, animales, urbes, plantas, suelos, sociedades, creencias, clima, etc.

La ecología es, pues, una ciencia de interconexiones, de aquellas que de manera sumamente compleja nos hablan de cómo todo está conectado con todo, en el mundo natural (del cual hacemos parte) o en el mundo artificial (que no podría existir sin el natural).

Sin perder de vista el carácter interdisciplinario que ha caracterizado a la ecología desde su nacimiento, es relevante pensar en vías para el activismo, el pensamiento y la producción académica de enfoque ambiental que pongan sobre la mesa nuevas maneras de combinar las interacciones de los diferentes campos del saber para pensar la relación del humano con la naturaleza. La ecocrítica es una de esas variantes. Este “modo” de pensar la relación humano-naturaleza (que es a su vez un conjunto muy heterogéneo de perspectivas que se aproximan a esa relación), no parece ser algo muy conocido en nuestro país. Sus orígenes académicos, alrededor de facultades francesas y norteamericanas de literatura, pueden ayudar a explicar por qué se la tiende a asociar simplemente con un enfoque de crítica literaria (o resulta del todo desconocida en facultades de ciencias naturales) o, para el caso del arte de las letras, por qué se la ve como un enfoque de crítica literaria que fuerza una lectura políticamente correcta de la manera en que una obra literaria representa la relación del ser humano con el mundo natural. Se olvida, sin embargo, que las lecturas que la ecocrítica puede ofrecer de cuentos, novelas, ensayos y demás son simplemente posibilidades de lectura que enriquecen la reflexión que podemos hacer sobre nuestro rol como miembros del enorme y complejo ser vivo en el que vivimos y que denominamos planeta Tierra, sin detrimento de la calidad artística de una obra dada.

En el mismo estilo complejo que caracteriza a la ecología, la ecocrítica no se limita a analizar obras literarias desde una perspectiva ecológica. También puede dar lugar a análisis del discurso, por medio de lo cual ofrece una crítica de la forma en que nuestras instituciones se han pronunciado sobre problemáticas específicas del medio ambiente en documentos oficiales, textos académicos especializados, alocuciones, investigaciones, revistas, entre otros. Nos muestra que metáfora y concepto científico están íntimamente relacionados entre sí. Analiza la forma en que ha cambiado el lenguaje que usamos para referirnos al medio ambiente y las razones que operan detrás de esos cambios. En esa tarea, como puede esperarse de su naturaleza compleja, la ecocrítica recurre al discurso filosófico, literario, lingüístico, político, académico. Hace visibles las interconexiones existentes entre esos campos-ciencias-ecosistemas; algo muy eco-lógico.

Ofrece lecturas de la forma en que nuestras sociedades han tratado a la naturaleza de la misma manera en que injustamente ha tratado a la mujer: ecofeminismo. Habla de las luchas de comunidades étnicas o campesinas, activistas, entre otros grupos humanos, por una mejor manera de existir en armonía con la naturaleza: trabaja junto a la justicia medioambiental.

La ecocrítica puede analizar el modo en que las licenciaturas piensan modos pedagógicos de despertar consciencia medioambiental, o el modo en que las obras literarias que hablan de la naturaleza pueden ser usadas para despertar ese tipo de sensibilidad, de inteligencia. La ecocrítica puede ayudarnos a crear antologías de pensadores y autores que han sumado sus voces a la defensa de la naturaleza mientras proponen conexiones entre diferentes campos del saber. Podríamos recopilar lo que caracterizaría el pensamiento-activismo ambiental particularmente colombiano en obras de diferentes géneros y estilos.

Sorprende que en Colombia, ante la abundante proliferación de voces que hablan de nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza, este campo interdisciplinar no reciba mayor atención por parte no solo de las facultades de literatura sino de otras disciplinas. No se conocen cátedras específicas sobre ecocrítica dictadas por filósofos, literatos, antropólogos, lingüistas, ecólogos, economistas, artistas, biólogos, etc. No dudo de que haya personas con interés y algún tipo de actividad en la ecocrítica en diferentes partes de nuestra geografía pero, en mi experiencia personal, sigue siendo un lugar común que, cuando hablo con alguien del mundo académico, me interpelen en respuesta a la mención de este tema con la pregunta: ¿y qué es eso de la ecocrítica?

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