Martes, 29 Septiembre 2020
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La experta en la evolución de la conciencia, Donna Haraway estará en conversatorio en Bogotá hoy Agosto 6

“Enredando ecologías, conocimientos y parentescos”,es el llamado que hace en Bogotá, Donna Haraway, profesora emérita distinguida del programa de Historia de la Conciencia en la Universidad de California.

Columnistas Invitados

La Van Der Hammen: Pendiente de su restauración

Escrito por Gonzalo Andrade

Investigador del Instituto de Ciencias Naturales Universidad Nacional, experto en diversidad biológica.

Gonzalo Andrade

El Alcalde Peñalosa, desde el mismo día de su posesión, ha manifestado que la Reserva es un potrero lleno de vacas, invernaderos, colegios y cementerios, y que no hay estudios científicos que soporten la declaratoria de la Reserva. Lo que no explica es que hay un plan de manejo aprobado por la CAR, donde se indica qué hacer con estos equipamientos.

Para su declaratoria, al igual que para las demás áreas protegidas en Colombia, se siguió la ruta establecida en el Decreto 2372 de 2010, donde se estudian aspectos biológicos, socioeconómicos y culturales como los siguientes:

En 1801, Humboldt se refirió a los restos de canales y terrazas de los Muiscas en la zona norte de Bogotá́, los cuales se podían observar en grandes porciones de terreno descubierto. Esto permite suponer que habían grandes áreas boscosas, luego descritas por Manuel Ancizar en “Peregrinación de Alfa”.

En 1962, los doctores Thomas van der Hammen, Roberto Jaramillo y María Teresa Murillo hicieron una caracterización de los parches del bosque andino en los alrededores de Suba y Usaquén, registrando bosques naturales en Torca, la Hacienda Las Mercedes y el Cerro de la Conejera.

En 1965, el doctor Enrique Forero en su tesis de pregrado en botánica “Estudio fitosociológico de un bosque subclimático en el altiplano de Bogotá́” estableció que el Bosque de las Mercedes, único relicto de bosque andino bajo de planicie en el territorio de Bogotá y su Sabana, ocupaba un área cercana a las 12 hectáreas, por lo que habría perdido cerca de 25 hectáreas entre 1940 y 1965; hoy este se reduce a 6 hectáreas.

Los trece estudios que soportaron la declaratoria de la Reserva fueron: “Distribución y características de los suelos”, Ricardo Siachoque, IGAC. “Las aguas freáticas y los sedimentos superficiales y su interacción con los suelos”, Sergio Gaviria, Universidad Nacional. “La conectividad del sistema hídrico superficial”, Luz Marina Cabrera, Alfonso Romero, UDCA. “El clima local y sus interacciones regionales”, Daniel Pabón, Universidad Nacional. “Las coberturas vegetales y sus dinámicas ecológicas”, Sandra Cortés, Universidad Nacional. “Distribución y carácter ecológico de los anfibios y reptiles”, Laurinette Gutiérrez, Universidad Nacional. “Los pequeños mamíferos”, Francisco Sánchez, Karin Osbhar, UDCA. “Las mariposas del Borde Norte de Bogotá”, M. Gonzalo Andrade-C., Universidad Nacional, Miembro Academia Colombiana de Ciencias. “La distribución, conectividad, hábitat y ecología de las aves”, Frank G. Stiles, Universidad Nacional, Miembro Academia Colombiana de Ciencias, Loretta Rosselli, UDCA. “Historia de las haciendas y los predios entre los siglos XVI y XIX”, Henry Santiago, UDCA. “La distribución predial e historia de la fragmentación entre 1941 y 2010”, Gerardo Ardila, Nelson Pérez, Universidad Nacional. “Historia y análisis económico y la evaluación económica de propuestas alternativas”, Jorge Iván González, Universidad Nacional. “Historia y análisis normativo y jurídico”, María Mercedes Maldonado, Universidad Nacional.
Teniendo estos estudios en cuenta es que economistas, abogados, antropólogos, biólogos y demás científicos del proyecto, consideramos que la declaratoria de la Reserva era posible y recomendable para que esta zona fuera modelo de protección del ambiente, capaz de contribuir a la preservación de la vida; de disminuir emisiones de gases de efecto invernadero; capturar y almacenar carbono; conectar y mantener ecosistemas regionales y para investigación de la naturaleza.

El componente de Ordenamiento Ambiental de la Reserva, indica que ésta va a permitir que el territorio se constituya en modelo de trabajo colectivo para su ocupación y uso sostenible, con énfasis en conservación y reconversión de los sistemas productivos hacia prácticas ecoamigables. Dentro de las estrategias de conservación, se define la adquisición de áreas de interés público para recuperar ecosistemas deteriorados y para la conectividad y tránsito de especies entre los Cerros Orientales, el río Bogotá́ y otros ecosistemas de importancia regional.

En cuanto a la producción agropecuaria que planeta la Reserva, ésta se fundamenta en sistemas de producción agroecológicos que aumentan la densidad y diversidad florística, la conectividad ecológica y generan un sello de origen para mejor comercialización de los productos.

Es por esto que la Reserva se constituye en un espacio estratégico para proveer bienes y servicios ambientales y para contribuir como área de amortiguación y regulación a los fenómenos de cambio y variabilidad climática como las inundaciones.

Columnistas Invitados

Mensaje para los vecinos

Ingeniero forestal, Mg. en Restauración del Paisaje y Gestión de Recursos Culturales, Ambientales y Paisajísticos. Investigador Fundación Grupo HTM. Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Jorge Vasquez

¿Has sentido cómo en los últimos años las temperaturas parecen cada vez más altas? ¿Pudiste oír con más frecuencia en las noticias los problemas de desabastecimiento de agua por causa de prolongados e intensos tiempos secos? ¿Y cómo especialmente durante esos periodos secos siguen ardiendo bosques y montañas a lo largo y ancho de Colombia? ¿Te enteras de los cada vez más numerosos afectados por deslizamientos e inundaciones provocadas por eventos cada vez más intensos de lluvia?

Lo más probable es que hayas respondido sí a alguna de estas preguntas. Esto significa que el cambio climáticoglobal es real, y tiene expresiones locales en todo el planeta. No es un fenómeno distante ni un asunto del futuro. Está ocurriendo y seguirá ocurriendo con mayor intensidad en los próximos años en todo el planeta, y el planeta, obvio, incluye la calle, cuadra, manzana, barrio, comuna, en que vivimos. No es mentira, exageración o chiste[1]. Por esto, necesitamos adaptarnos a la nueva situación, que será permanente.

Del mismo modo en que una crisis en las finanzas personales o familiares nos obliga a pensar cómo hacer un mejor uso de los recursos, gastar menos, o tener mayores ingresos, y la crisis energética a racionalizar el consumo[2] (estuvimos al borde de un racionamiento) o cambiar nuestras fuentes de energía, la crisis climática nos invita a pensar en los ajustes que necesitamos hacer en nuestras actividades y comportamientos cotidianos y en nuestro estilo de vida.

Hemos visto cómo los últimos años, durante varias semanas, en Medellín, Bogotá, Cúcuta y otras ciudades, las autoridades ambientales alertaron sobre los críticos niveles de contaminación atmosférica, en razón de los cuales aumentaron las medidas para restringir el uso de vehículos particulares, desaconsejaron salir a hacer actividad física, e incluso pensaron en suspender actividades en las instituciones educativas para no exponer a los niños a los niveles de polución del aire que respiramos, y que según datos de algunos investigadores, contribuye de forma determinante a la muerte diaria de 5-8 personas en el Valle de Aburrá, por citar sólo un ejemplo.

El cambio climático y la contaminación atmosférica nos afectan a todos, sin discriminación, de forma directa e indirecta. Pensemos en que las cenizas de los incendios forestales en La Amazonía o en Venezuela las respiramos en nuestras ciudades. Pensemos en los 11,2 billones de pesos que costó al país (¡a nosotros!) el fenómeno de La Niña del año 2010-2011. Es mucho dinero, ¿no? Vemos que el impacto de estas situaciones no es sólo ambiental y a la salud, sino a la economía[3].

La ecología nos enseña, y lo hará cada vez de forma más ruda, que en la trama de la vida todo está conectado. Desde la desaparición de los bosques en nuestros campos hasta el crecimiento del número de automóviles que circulan por nuestras ciudades, son múltiples las causas del cambio y variabilidad climática y de la contaminación atmosférica.

Algunas reclaman acciones gubernamentales locales y nacionales y de los organismos internacionales. Confiemos y demandemos que las realicen, porque está claro que sin la presión de una ciudadanía educada y cohesionada y sin el apoyo de medios de comunicación responsables, nuestros gobiernos no harán las cosas con la velocidad que la gravedad de la situación reclama. Otras acciones son ineludibles, porque nos corresponden a cada uno de nosotros.

Una pequeña y con un impacto positivo es mantener lo más sano posible nuestro entorno inmediato. No sólo los lugares en que vivimos y trabajamos, sino también nuestra calle y barrio. Y mantenerlo sano no es sólo asear, separar y sacar oportunamente los residuos, o no hacer ruidos que afectan nuestra salud y la de los vecinos. Es tener un hábitat que nos haga sentir frescos, cómodos, incluso alegres.

Por ello veo con preocupación un fenómeno que se está dando en nuestros barrios y que estoy seguro también ustedes han visto. Estamos eliminando las áreas verdes. Estamos suprimiendo nuestros árboles, arbustos, prados, jardines. No entiendo bien por qué, si para todos es tan obvio el placer y el bienestar que las plantas nos brindan. Nos ofrecen sombra y frescura, captan parte del polvo que emiten los vehículos, dan cobijo y alimento a las aves que nos alegran las mañanas, ayudan a que las alcantarillas no colapsen y las quebradas no se desborden, además de otros muchos servicios.

Llenar de pavimentos impermeables nuestros antejardines, jardineras, y andenes elimina todos esos placeres y beneficios. Los antejardines y andenes son parte del espacio público, y tienen una importante función colectiva, reconocida por la ley colombiana. Pero muchos de ellos se están convirtiendo en parqueaderos o en zonas comerciales, originando problemas para la movilidad peatonal y la convivencia en zonas residenciales, sin mencionar los perjuicios para las infraestructuras verdes y las redes ecológicas urbanas que harían ciudades más amables para caminar y reconocernos.

Por ello las inspecciones de policía, las secretarías de tránsito, las oficinas de planeación municipal, y las secretarías de medio ambiente deben atender con eficacia este fenómeno creciente en nuestras ciudades. Nuestra salud física y mental necesita esos espacios verdes. Necesitamos mantener y aumentar el verdor en nuestros sentidos y en nuestros paisajes para vivir mejor.

[1]https://twitter.com/ed_hawkins/status/729753441459945474

[2] https://www.youtube.com/watch?v=YUIe5E4pgQ0

[3]https://colaboracion.dnp.gov.co/CDT/Prensa/Impactos%20Econ%C3%B3micos%20del%20Cambio%20Climatico_Sintesis_Resumen%20Ejecutivo.pdf

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