Miércoles, 20 Marzo 2019
Los expertos en crear estas noticias saben que la emocionalidad es más importante que la verdad.
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A través de redes sociales de usuarios latinoamericanos de México, Argentina y Colombia, se difundió un mensaje alarmante. Unos cachorros serían sacrificados si nadie los adoptaba pronto, pues el refugio en el que los tenían sería clausurado y no había otra solución.

En Medellín eran de raza husky, en Barranquilla labradores, en México dálmatas y en Argentina solo especificaban que eran cachorros e iban a morir pronto. A medida que el mensaje se esparcía a través de cadenas de Whatsapp y de publicaciones en Facebook generaba reacciones apasionadas. Algunos decidían marcar al número de contacto con el fin de expresar su solidaridad o su voluntad de adoptar, mientras que otros escribían para hacer bromas.

Resultó que la información era falsa. No había tales cachorros. Mónica, la dueña del número telefónico en Argentina, quien no tenía nada que ver con el asunto, dijo a medios de comunicación de ese país que borró más de dos mil llamadas perdidas y eliminó muchos mensajes desagradables.

En Colombia, un caso similar fue reportado por el periódico barranquillero El Heraldo el año pasado, en el cual un hombre aceptó que había publicado el anuncio sobre los perros desde Boyacá, donde sí participó en una campaña para regalar unos cachorros, pero esto había ocurrido en el año 2013. El mensaje fue modificado y sobrevivió varios años en las redes hasta que volvió a difundirse en la capital del Atlántico, aunque al parecer sin consecuencias negativas, pues el teléfono de contacto enviaba a buzón.

“Esas noticias muchas veces ni siquiera terminan perjudicando a nadie. Sus creadores van en búsqueda de atraer visitantes a las páginas donde las han albergado y así logran generar dinero a través de publicidad por clics”, explica Hernán Restrepo, gestor de contenidos de la Red Ética Segura de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, FNPI.

El experto en el tema recuerda el caso reciente del derrame de petróleo del pozo Lizama en Santander, del cual surgieron varias cadenas, con fotografías de animales muertos. “Estaba la de un tigrillo que resultó lleno de petróleo, una imagen compartida miles de veces, detrás de la cual había un generador de noticias falsas que la subió a su página web para generar clics, y que terminó en whatsapp porque alguien tomó una foto y la difundió”, cuenta.

Una vez llegan a estas cadenas, las noticias falsas (fake news) ya no envían tráfico a las web que las elaboraron y esto ya no es negocio para sus autores. Sin embargo, se siguen difundiendo.

Las falsas parecen difundirse más que las verdaderas

En el oficio periodístico, la información debe pasar por un proceso de verificación de los hechos y datos, a través de fuentes confiables y fidedignas, un protocolo normal en los medios de comunicación tradicionales. “Antes era más difícil que se difundiera una noticia falsa, porque existían menos medios, había una autoridad jerárquica basada en la disciplina del periodismo y eso hacía que menos de estas informaciones se multiplicaran”, afirma Víctor Solano, consultor en comunicación estratégica y ecosistema digital de reputación, quien agrega que con la democratización de la producción de contenidos y gracias a las redes sociales, ahora cada individuo tiene una capacidad de resonancia que antes no tenía.

Lo inquietante es que esa capacidad de resonancia parece ser mayor para la información falsa que para la verdadera. Un estudio del Instituto Tecnológico de Massachusetts, MIT, publicado en la revista Science el pasado mes de marzo, mostró que las noticias falsas se propagan seis veces más rápido que las verdaderas a través de Twitter y, contrario a lo que se creía en el mundo digital, no son los usuarios fantasmas o programas robots (bots) los causantes de esta veloz difusión, sino los seres humanos.

La investigación fue conducida por los científicos Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral del Media Lab de MIT, quienes rastrearon aproximadamente 126 mil cadenas de rumores difundidas a través Twitter entre 2006 y 2017, y lograron demostrar que son las personas las las responsables de que las noticias falsas se distribuyan más rápido y más ampliamente que las informaciones verdaderas, en todas las categorías de información.

Para los científicos, el grado de novedad y las reacciones emocionales de los destinatarios pudieron ser los factores responsables de las diferencias observadas. “Mientras que las historias falsas inspiraban miedo, disgusto y sorpresa, las verdaderas inspiraban tristeza, alegría y confianza”.

Aunque faltan estudios que profundicen en las razones que llevan a las personas a compartir las noticias falsas, Hernán Restrepo, de la FNPI, ha observado que cuando se trata de temas relacionados con medio ambiente, quienes inventan esta información efectivamente lo hacen apelando a la emocionalidad. “Han descubierto que lo emocional es muy llamativo para la gente. Se ve mucho con historias de niños y ancianos abandonados en hospitales y es similar a lo que pasa con las mascotas. Les llega al corazón y los lleva a compartirlas sin verificar la fuente”, asegura el gestor de contenidos.

El miedo y la esperanza, motores para la rápida difusión

A pesar de que existen las informaciones falsas ambientales en la web, cabe resaltar que cuando se habla de este fenómeno, la discusión está enfocada en el ámbito electoral. El consultor Victor Solano recuerda que las noticias fraudulentas siempre han existido, aunque no necesariamente en ese formato. “Hacen parte de una estrategia de publicidad negra para enlodar a las campañas rivales. No están reconocidas como una práctica legítima y, por supuesto, mentir no lo acepta ningún código deontológico o ético”, dice.

Sergio Espinosa, un ingeniero colombiano radicado en Bulgaria que trabaja en el desarrollo de herramientas digitales para mitigar los efectos de las noticias falsas, explica que éstas emplean el imaginario colectivo y los vacíos de información de la opinión pública. “Son literalmente un ensamble después de cortar y pegar varias fuentes, que produce una nueva pieza con otro sentido noticioso, generalmente amarillista e incendiario, para generar polémica y con el objetivo específico de afectar la percepción de los lectores”, dice.

El ejemplo más renombrado de la actualidad de información engañosa es el escándalo de Cambridge Analytica, una empresa señalada de asesorar las campañas políticas presidenciales de los ganadores de las elecciones de países como Kenia y Estados Unidos. La investigación, publicada en el canal de televisión del Reino Unido ‘Channel 4’, mostró con un video grabado con una cámara oculta cómo los directivos de la compañía desglosaban sus tácticas de poner información mal intencionada a circular en internet.

A lo largo de varias reuniones, los representantes de la empresa explicaron a un supuesto cliente cómo los datos sobre los usuarios de las redes sociales les permitían socavar en sus temores y esperanzas, información con la cual elaboraban mensajes significativos para ellos, con imágenes y un lenguaje con el que se pudieran enganchar emocionalmente.

En las sesiones grabadas y luego publicadas en el canal, en un informe de periodismo investigativo, los altos ejecutivos de la compañía hablan de la importancia de indagar en los sentimientos de las personas. “No es bueno luchar en una campaña electoral basándonos en los hechos, porque en realidad todo se trata de emociones”, dijeron, ignorando que estaban siendo registrados.

El escándalo va en que los datos usados por Cambridge Analytics para influenciar las elecciones a la presidencia de los Estados Unidos fueron tomados de Facebook y, aunque aún no se sabe el desenlace de esa historia, lo cierto es que la consultora ha trabajado para varias campañas ganadoras mediante la manipulación de las emociones del electorado a través de internet.

En Colombia, el caso más sonado fue el del plebiscito de los acuerdos de paz con las Farc en 2016, en el cual el gerente de la campaña por el NO aceptó públicamente que habían construido mensajes para las poblaciones de cada uno de los estratos socioeconómicos, con el fin de provocar indignación, una emoción que impulsó a la gente a ir las urnas a votar en contra del acuerdo.

Cómo no caer

Antes de creer en una noticia y de compartirla, los expertos consultados recomiendan, primero que todo, dudar y, en lo posible, verificar si la fuente es confiable y seria. En esto cabe informarse de cuáles son esas páginas web humorísticas como Actualidad Panamericana, El Deforma o The Onion (en inglés), entre otros, para saber desde el inicio que se trata de una broma. También es necesario observar las emociones que se producen al leer la noticia y recordar los objetivos de quienes fabrican información falsa.

La Red Etica de la FNPI ofrece una serie de consejos, que van desde consultar medios reconocidos y verificar que la dirección esté escrita correctamente en la barra del navegador, hasta sospechar de la veracidad de la información si la terminación es dominios poco comunes como es’.ru’ o ‘.market’ o de, además de esperar al desarrollo de la noticia antes de darla por cierta.

Otra cosa a tener en cuenta son los sesgos personales, pues un estudio psicológico de la Universidad de Nueva York publicado en la revista ‘Trend in cognitive science’, que buscaba comprender por qué miembros del Partido Republicanos creían en noticias falsas como la de que la posesión de Donald Trump como presidente había sido más concurrida que la de Barack Obama, demostró que las personas a veces creen en las información falsa porque valoran más su pertenencia a un partido político y el estatus asociado a éste que la exactitud o la veracidad.

En cuanto a las noticias específicas de medio ambiente, Diego Montoya Chica, Oficial de Medios y Contenidos de la organización ambiental WWF-Colombia, aconseja consultar medios de comunicación de mayor cobertura y que tengan periodistas dedicados a cubrir solamente esta sección para garantizar su conocimiento y entrenamiento en el tema. “Por otro lado, están los medios especializados en medioambiente, que son incluso más confiables: su contenido está producido por gente que se relaciona con el tema permanentemente y, por lo mismo, hay más probabilidad de que la información sea más fidedigna con el componente técnico”, explica y recuerda que los temas medioambientales son supremamente técnicos y/o políticos, y el reto de los comunicadores es trasladar esa información a un lenguaje común sin modificar el mensaje.

Montoya señala que otra fuente de información son las organizaciones de la sociedad civil dedicadas al tema medioambiental, que realicen trabajo de conservación y que no sean únicamente activistas o los institutos científicos directamente.

¿Y la ley?

Nelson Remolina, abogado experto en Protección de Datos, considera que desde el punto de vista jurídico es un desconocimiento de la Constitución colombiana, donde se plasma el derecho a recibir información veraz e imparcial. “Es indiferente el mecanismo. Normalmente se pensaba que era prensa, radio, televisión, pero hoy día cobija los medios no tradicionales, hoy sí muy comunes”. Remolina señala que otra situación común es que las personas no hagan la diferencia entre dar una opinión o dar información y se tenga confusión en el concepto de libertad de expresión. Una cosa son los hechos y la otra las opiniones, concluye.
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