Lunes, 6 Abril 2020

Texto: Abraham Salazar 

Cerca de 1.200 millones de personas viven en áreas de escasez física de agua, mientras que 500 millones se aproximan a esta situación. Otros 1.600 millones sufren escasez económica de agua, donde los países carecen de la infraestructura necesaria para transportar el agua desde ríos y acuíferos. Este año, el Casanare vivió parte de la tragedia.

De la mano de quien ha sido una de las autoridades científicas más reconocidas sobre el tema en la Orinoquía, el ingeniero hidrólogo y magíster en Ciencia Abraham Salazar, Catorce6 presenta una mirada al estado del agua en el país. El experto concluye que lo ocurrido en el Casanare en abril pasado es la combinación de una natural escasez con la histórica ineficiente gestión del recurso hídrico en Colombia.

Según el último informe de la FAO “Combatir la escasez de agua, el desafío del siglo XXI”, este problema constituye uno de los principales retos al que ya se están enfrentando numerosas sociedades de todo el mundo. A lo largo del último siglo, el uso y consumo de agua creció a un ritmo dos veces superior al de la tasa de crecimiento de la población y, aunque no se puede hablar de escasez hídrica a nivel global, va en aumento el número de regiones con niveles crónicos de carencia del líquido. Es en este contexto que se producen en Colombia las sequías y las inundaciones que llenaron los titulares en los medios de comunicación.

Lo cierto es que los más expuestos a los impactos del clima, llámense sequías o inundaciones, son generalmente los más débiles. Y así sucede con los más frágiles en la pirámide social, pero también con los animales salvajes. Durante la temporada de verano, el agua desaparece en algunas regiones de Colombia más que por efecto del cambio climático, por la intervención del ser humano a lo largo de los años. “Técnicamente, no es acertado afirmar que el cambio climático es el culpable directo de la falta de agua en nuestro país y de la muerte por sed de más de 15 mil o 25 mil animales entre chigüiros, tortugas, babillas y garzas en inmediaciones a Paz de Ariporo, Casanare. Tampoco creo que sea la causa primaria de los innumerables incendios forestales a lo largo y ancho del territorio nacional y de que se hayan secado los manantiales”, dice Abraham Salazar.

“El Niño” no es el culpable
El estudio de los efectos climáticos del fenómeno del Niño en Colombia muestra que en el Casanare no hay ningún impacto. Los promedios de lluvia de seis estaciones meteorológicas ubicadas en los cuatro puntos cardinales respecto al área de desastre ambiental indican precipitaciones de 15 mm en enero de 2014, 35 mm en febrero, 65 mm en marzo y 200 mm en abril. Para hacer un comparativo con épocas recientes, se conoce que la precipitación de la estación San Luis de Palenque en el 2009 cayó en enero a 65 mm, en febrero a 4,2 mm, en marzo a 33 mm y en abril a 258 mm.

Lo anterior comprueba que en esta zona del Casanare llueve hasta en los eventos climáticos extremos o críticos, como fue el fenómeno del Niño en su momento. Sin embargo, desde 1975 no se han presentado más de dos meses seguidos sin lluvia durante el periodo de verano (diciembre a marzo). Esto, sumado a la serie de precipitación total anual en las estaciones del centro y norte de la Orinoquía, registra un paulatino incremento en las dos últimas décadas. En otras palabras, en esta zona del país el agua lluvia no ha desaparecido ni ha disminuido. Por ello, se considera que deben existir otras causas al problema de escasez de agua que generó la reciente tragedia ambiental.

Pero entonces, ¿cuál es la causa de la tragedia? Para Abraham Salazar, la problemática tiene origen en acciones de tipo antrópico de las cuales los casanareños tienen conocimiento. Hace referencia al incremento alarmante en los últimos diez años de miles de hectáreas sembradas de arroz, las cuales consumen 0,27 litros de agua por segundo. Así mismo, el incremento significativo de los cultivos de palma de aceite, que requieren 0,12 litros de agua por segundo y por hectárea.

Los registros tomados por los satélites y las fotografías aéreas no mienten cuando se comparan las imágenes multitemporales en diferentes épocas. Allí se aprecia la forma como vienen desapareciendo cientos de hectáreas de zonas bajas inundables, con agua durante todo el año, y donde permanecían o encontraban refugio al calor y a la sed en medio de la llanura muchos de los animales que perecieron en abril de 2014.

“Al cambiar el uso del suelo natural por drenaje y rellenos, se genera un gran impacto negativo para la sostenibilidad de los ecosistemas. El régimen hidrológico superficial de ríos y cañadas fue alterado y sobreexplotado, ya sea por volúmenes de agua derivados legalmente como concesiones, o captados ilegalmente ante un deficiente o inexistente control sorpresa de tipo preventivo, por parte de la autoridad ambiental”, resalta Salazar.

Las estadísticas demuestran que el sector rural consume el 65 por ciento del agua otorgada, pero lamentablemente es el que menos ejecuta prácticas de ahorro y uso eficiente del recurso. Por ejemplo, en la conducción del agua desde la fuente hídrica hasta los predios, las pérdidas en canales en tierra por infiltración y evaporación superan el 35 por ciento del caudal derivado.

Jesús Tobón Marín, profesor de Agronomía de la Universidad Nacional de Colombia en Medellín, afirma que más que analizar el cambio climático como tal, hay que estudiar la relación del hombre con la naturaleza. “El ser humano y sus acciones sobre los ecosistemas sí son capaces de modificar el clima en poco tiempo. Por ejemplo, la quema de las cuencas de los páramos muestra efectos clarísimos en el ambiente en menos de un mes”, asegura.

¿Se necesitan más depósitos de agua?
Aunque es necesario construir en Colombia muchos reservorios de agua especialmente en las zonas más deficitarias, hay que tener en cuenta que estos depósitos artificiales se sedimentan rápidamente y nunca pueden llegar a reemplazar a los ecosistemas, que ya se han estabilizado por cientos de años y que por lo mismo son reguladores naturales del agua tanto en su distribución en la zona (régimen hidrológico) como en sus propiedades mecánicas (régimen hidráulico). “Es prudente reconsiderar las prioridades y decirle al Gobierno que es mejor conservar los ecosistemas dentro de las cuencas hidrográficas, en lugar de construir almacenamientos temporales”, advierte Salazar.

A este panorama de escasez de agua hay que agregar la mala calidad de las aguas superficiales. No hay fuente hídrica que no esté reducida en sus caudales o sobresaturada con sustancias tóxicas y basuras, y lo más crítico es que su recuperación puede tardar un periodo mínimo de transición entre 15 y 25 años.

Los expertos coinciden en afirmar que se necesita emprender inmediatamente programas de identificación, protección y conservación de todas las fuente de agua, además de planes de gestión ambiental en cuanto al uso racional del recurso. Lo anterior debe ser combinado con autorregulación sostenible con la agroindustria y el seguimiento y control a la industria extractiva, investigando con especialistas y ejerciendo un riguroso control preventivo sobre las captaciones y los vertimientos. Este sería el camino para ver en el corto plazo los avances que todos esperamos.

La guerra por el agua
Ya fueron vistas en medios de comunicación imágenes de finqueros de la costa Caribe vigilando con armas los nacimientos de agua y comunidades en las calles, asaltando carrotanques del acueducto en Santa Marta, para apropiarse del agua por la fuerza y llevarla a sus viviendas. Salazar advierte que la guerra por el agua se está viviendo y vendrán años difíciles y de incertidumbre ambiental, donde estará en juego el bienestar de toda la sociedad, en función de la cantidad de agua pura que disponga. “Aunque en 1991 se creó el Ministerio del Medio Ambiente para evitar que esto sucediera, ad portas de cumplir las bodas de plata ya nos hemos enfrentado a las peores crisis hídricas y de ecosistemas. Esto tiene consecuencias sociales y de orden público sin precedente alguno”, señala el experto.

Desde la perspectiva de los expertos consultados por Catorce6, se debe centrar la atención de los estudios de los impactos ambientales, más que en la ingeniería, en implementar inmediatamente un plan hidrológico de choque, revisando todas las concesiones de agua que se han ejecutado para redistribuirla en aquellas fuentes sobreexplotadas, definiendo un caudal ecológico sobre la base de la oferta y demanda y dar así prioridad al consumo humano y a la sostenibilidad de los ecosistemas.

Esto sin dejar de lado la intervención en todos los nacimientos de agua, morichales, bajos inundables, páramos, zonas de recarga del agua y las rondas hídricas, sembrando especies arbóreas y herbáceas que regulan el agua y declarándolas Zonas Protegidas de Interés Hidrológico Nacional o Ecosistemas Hidrológicos Estratégicos, de interés general para la vida, seguridad y economía del país.

 

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