Lunes, 26 Octubre 2020

Por Patricia Barrera Silva

Después de que la caficultura fue señalada por décadas como una de las actividades productivas del país más contaminantes, los cafeteros buscan resarcir su histórica culpa.

El café colombiano ha tenido una afamada posición a lo largo de su historia. La suavidad en el sabor con respecto a otros como el africano o el brasileño (son más ácidos y con más cafeína) y su aroma pronunciado lo han catalogado como uno de los mejores del mundo.

Datos de la Federación Nacional de Cafeteros (FNC) indican que cerca de 578 mil familias y al menos 2,5 millones de personas en 595 municipios de 22 departamentos de Colombia viven directamente de la producción del grano. Obtener un buen producto requiere que todas estas personas realicen procesos cuidadosos desde la misma siembra, teniendo en cuenta tipos de clima y suelos, hasta la recolección del grano, la poscosecha e incluso su industrialización. Todo esto convirtió a la producción cafetera en un arte que ha perdurado de generación en generación.

Sin embargo, aparte de la deliciosa bebida que tiene encantando al mundo entero, esta herencia trae consigo una realidad: la actividad exige un intenso uso del agua y el suelo. La FNC es consciente de que las prácticas empleadas en las fincas de los caficultores deben y pueden mejorar a fin de lograr la sostenibilidad de la caficultura.

Abanderados por la Federación Nacional de Cafeteros y con el apoyo de la Agencia de Cooperación Financiera (KfW) del Gobierno de Alemania y el Ministerio de Agricultura y Desarrollo Rural, iniciaron un programa para proteger y conservar la biodiversidad en siete microcuencas de la región Andina.

“Muchos de los agricultores no tienen un buen manejo de las basuras y hacen un uso irracional de recursos como el agua, en varias regiones lo que queda de bosques naturales es muy poco y las quebradas cercanas a las fincas están desprotegidas y sucias. En general, se deben y pueden implementar diversas actividades que mejoren el manejo de los recursos naturales”, afirma Raúl Jaime Hernández, coordinador nacional del Programa de Medio Ambiente de la FNC.

Con una inversión que supera los 5,4 millones de euros, se está consiguiendo que cerca de 951 fincas implementen un sistema de buenas prácticas agrícolas, poniendo énfasis en el buen uso del agua y el cuidado de la biodiversidad.

Cafeteros de Colombia por el rescate de la biodiversidad andina

La región Andina, donde se produce más del 80 por ciento del café colombiano, es la zona más poblada y económicamente más activa del país. El profesor Orlando Rangel, del Instituto de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional y uno de los botánicos que más ha estudiado el tema, indica que la zona Andina ha perdido 182 mil kilómetros cuadrados de vegetación boscosa. Lo que quedan son apenas algunas zonas de bosques aislados; son como islas en un mar de cultivos.

Por supuesto, no se trata de parar una industria como la producción de café, que supera tres veces el total de empleos generados por la industria de la palma, las flores, el banano y el azúcar juntos. “La idea no es decirle a la gente que no siembre o produzca nada, lo que le decimos es: ‘Al menos dentro de su sistema productivo, permita que se favorezca la supervivencia de muchas especies dentro de esas islas de bosque que nos quedan’”, explica Raúl Jaime Hernández.

El proyecto, que la FNC echó a andar en 2010 en siete microcuencas estratégicas (ver mapa), invita a los caficultores y agricultores a plantar en sus fincas pequeñas extensiones de vegetación nativa para preservar esas islas de bosques y unirlas a través de herramientas de manejo del paisaje, como cercas vivas, cafetales con sombra, plantaciones forestales con árboles y otras especies, para que la biodiversidad que aún albergan pueda moverse por la región y reproducirse. Así se crea un corredor de conservación.

A través de una encuesta de percepción hacia la biodiversidad, la Federación se dio cuenta de que los caficultores reaccionan positivamente a campañas ambientales, pero no conocen lo que tienen y no son conscientes de que sus hábitos ancestrales resultan perjudiciales para la biodiversidad. Por eso, el Centro Nacional de Investigaciones de Café (Cenicafé) de la FNC realizó una completa caracterización de cada microcuenca seleccionada. Esta caracterización —o línea base— se realizó a cada uno de los predios en dos temáticas, relacionadas con la biodiversidad y la sostenibilidad en sus tres componentes (social, ambiental y de calidad).

Con el inventario claro, la misión ha sido una: enseñarles a los caficultores el gran tesoro que albergan las tierras donde producen su café (se encontraron aves y libélulas endémicas para Colombia, así como flora reportada por primera vez para el país) y hacerlos conscientes de que sin su apoyo el futuro de su familia y de su producción, que dependen de esa biodiversidad y esos recursos naturales, estaría perdido.

El inmenso problema de los residuos

A la compleja situación de A la compleja situación de conservación de los bosques se suma el manejo inadecuado de los residuos que genera el proceso de café en las fincas, además porque la pulpa de café es sumamente contaminante. Pese a ser materia orgánica, a su contacto con el agua se descompone y se convierte en un tóxico mortal para la biodiversidad, pues disminuye el oxígeno que hay en el agua y que muchos organismos necesitan para sobrevivir.

Una de las prioridades es lograr que los caficultores dejen de botarla a las quebradas e incluso enseñarles a no dejarla a la intemperie sin tratamiento alguno en la finca, ya que al contacto con la lluvia se inicia el mismo proceso de putrefacción de la pulpa y el agua que destila de todas maneras va a parar a las fuentes de agua.

Asimismo, la recolección de basuras en áreas rurales es precaria y en muchas veredas inexistente, de tal manera que los agricultores realizan prácticas inadecuadas para disponer los residuos sólidos, como quemar y enterrar, contaminando el aire y los suelos.

Otro problema detectado es la falta de control con el ganado de las fincas, que llega a las quebradas para beber y hacer sus necesidades, lo que contamina el recurso hídrico.

El café verde sí es posible

“Generamos un proyecto con tres grandes actividades: primero, construir esos corredores de conservación, esos puentes vegetales, y funciona, porque a 2013 el proyecto logró establecer las primeras 918 hectáreas de una meta de más de 3.500 hectáreas para conectar áreas boscosas”, explica el coordinador del programa.

La segunda se enfocó en reducir la contaminación del agua por la producción de café o por el quehacer diario en las fincas, para que aprendan a convertir la pulpa en abono orgánico, luego de mezclarla con lombrices vivas que se la comen y la transforman”, asegura.

Conscientes de que la producción de café es un negocio en el que participan familias enteras, la FNC no ha limitado la formación al caficultor, sino que toda la familia puede asistir a las capacitaciones. Incluso, los colegios ubicados en las microcuencas están adoptando módulos donde la producción de café responsable con el medio ambiente hace parte de su educación.

El tercer componente es la implementación de mejores prácticas agrícolas, basada en el desarrollo de tecnologías y recomendaciones generadas por Cenicafé. Una de ellas es la utilización del tanque tina para la reducción en el consumo de agua, que permite realizar el proceso de lavado del café con menos de 5 litros, el despulpado sin agua y el transporte de la pulpa sin agua. Estas son prácticas de fácil adopción y con un importante impacto ambiental.

La tasa sucia

“¿Usted sabe cuánto se demora un árbol en crecer?”, pregunta Claudia Rocío Gómez, quien coordina las actividades del proyecto desde Cenicafé. Tomando un sorbo del expreso que tiene en su mano, continúa: “¿Sabe lo que se debe hacer para convencer a un caficultor de no coger ese árbol para leña, sino que lo deje crecer y lo preserve?”. El trabajo del equipo técnico, conformado por un grupo de 24 investigadores y técnicos del Servicio de Extensión de la FNC, ha sido intenso.

Si los agricultores no están dispuestos a meterse de lleno en este trabajo, no importa la tecnología o el dinero que haya de por medio, nada de lo que se emprenda funcionará.

Los investigadores y extensionistas del equipo han trabajado sobrepasando hábitos, temperamentos y hasta creencias religiosas para lograr un avance con toda la comunidad. “Cuando ellos logran pensar en trabajar por algo que los beneficie a todos, entonces ahí viene el compromiso de la gente”, afirma Harold Rojas, uno de los técnicos del equipo, quien desde 2013 apadrina uno de los 25 comités comunitarios que actualmente funcionan dentro del proyecto.

En el departamento del Cauca, por ejemplo, el trabajo se realiza en la microcuenca La Lajita, en Timbío, donde la comunidad definió un comité de jardinería para embellecer dos áreas comunes: la capilla y el cementerio. Ellos tienen a cargo crear un corredor con flora autóctona o nativa, que permita que las aves de la región regresen a estas veredas y, de paso, hermosear estas zonas que para la vereda son de muy alta representatividad.

El trabajo de restauración de las microcuencas finalizará en 2019. Para entonces, la FNC quiere hacer la misma medición de línea base realizada al inicio a las fincas que hacen parte de las microcuencas, a fin de determinar el cambio de la comunidad y su nivel de responsabilidad y compromiso con el cuidado del medio ambiente.
 

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