Jueves, 2 Julio 2020

Por J. Orlando Rangel-Ch

En todo el globo, Colombia es uno de los dos países con mayor expresión de la biodiversidad, con registros aproximados de 26.500 especies de plantas con flores, cifra que lo sitúa después de Brasil, el país con mayor riqueza con cerca de 30.000 especies. En helechos se estiman 1.600 especies, en musgos 976 y en líquenes 1.700, valores que nos ponen de primeros en cada uno de estos grupos a nivel neotropical.

La diversidad y riqueza de los bosques y otros tipos de vegetación como selvas, matorrales, pastizales y rosetales alcanza cerca de 1.200 tipos diferentes, que nos confieren característica singular como uno de los países con mayor variedad en el mundo.

El Chocó biogeográfico o región Pacífica y el páramo no tienen comparación en cuanto a su biodiversidad con otras regiones del planeta. El páramo colombiano representa el 60 por ciento de la riqueza de la flora del bioma de alta montaña de Centroamérica, y el norte de Suramérica y el Chocó biogeográfico representa la mayor concentración de riqueza en flora de todos los biomas terrestres.

Colombia es el país más rico en aves (1.850 especies) y en anfibios (700 especies) y alcanza valores muy importantes en reptiles (512 especies) y mamíferos (492 especies). De nuestras regiones naturales, la cordillerana o Andina concentra la mayor parte de la biodiversidad, con cerca de 11.500 especies de plantas con flores, 974 de aves, 484 de anfibios, 274 de reptiles y 177 de mamíferos. Le sigue la Amazonía con cerca de 7.600 especies de plantas con flores, 868 de aves, 128 de anfibios, 147 de reptiles y cerca de 150 especies de mamíferos. La Orinoquía cuenta con 4.000 especies de plantas con flores, 644 de aves, 123 de reptiles, cerca de 60 de anfibios y 194 de mamíferos, a los cuales se les suman 90 tipos de bosques, pastizales y matorrales y 23 ecosistemas.

Este panorama nos señala una de las causas asociadas a los valores exageradamente altos de la biodiversidad colombiana: la variabilidad y la riqueza que significa cinco extensas regiones naturales continentales con una heterogeneidad topográfica muy alta influenciada por dos mares y una variabilidad del hábitat que ha facilitado la diversificación de especies a través de toda la historia geológica, expresada en paisajes contrastantes como son planicies y extensos valles atravesados por mesas, mesetas, sierras, serranías e imponentes macizos montañosos.

En la Región Caribe, por ejemplo, las extensas planicies aledañas a las orillas del mar separadas por macizos y serranías han significado la profusión de 14 unidades climáticas —desde las casi desérticas en la alta Guajira, con menos de 250 mm de lluvia anuales, hasta las muy húmedas pluviales del sur del departamento de Córdoba, con montos superiores a los 4.000 mm de lluvia—.

Sin embargo, nos hemos preocupado realmente por el significado de esta herencia natural y prácticamente hemos extinguido entre el 32 y el 35 por ciento de esta riqueza. La amenaza más fuerte para la permanencia del restante 65 por ciento es la deforestación o pérdida de la cobertura vegetal original. El flagelo ha acompañado a la humanidad desde que empezamos a utilizar y transformar el entorno natural y la alteración ha estado directamente ligada con la evolución de los instrumentos utilizados, que permiten extraer mayor cantidad en menor tiempo.

El consumo de madera, con cerca de 4.000.000 de m3 anuales y la incorporación ilegal con la extensión de la frontera agrícola siguen siendo las principales causas de deforestación en Colombia. Nuestros cálculos entre 1940 y 2000 arrojaron una tasa de deforestación cercana a las 500.000 hectáreas por año. Estas cifras, que deberían alarmarnos, se tornan más complejas cuando recordamos que mientras consumimos este capital natural, las acciones para mitigar sus impactos (reforestación y restauración de bosques, selvas y páramos degradados) no alcanza siquiera una quinta parte de lo que gastamos anualmente. De seguir esta tendencia, prácticamente en 120 años nada nos quedaría de esa exuberante e imponente riqueza natural.

Es necesario “empoderar” a las corporaciones regionales y al Ministerio de Ambiente para expedir normas que permitan un uso sostenible de renglones de la biodiversidad y velar por su cumplimiento. Es fundamental intensificar los programas de educación ambiental, que muestren desde la escuela el significado de territorio y de la expresión de la biodiversidad de Colombia y el mundo.
 

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