Martes, 18 Junio 2019

Por Sara E. del Castillo

A pesar de las alarmantes cifras sobre la situación de hambre y mortalidad por desnutrición de niños y niñas en La Guajira, las reacciones de las entidades responsables de superar tan crítica problemática, si bien han sido rápidas, son hasta el momento desarticuladas y no han convocado de manera efectiva a los verdaderos afectados para construir con ellos una respuesta de largo plazo, y mucho menos se ha planteado una solución sostenible al respecto.

La inseguridad alimentaria y nutricional del departamento se evidencia al compararlo con los demás departamentos de la región Caribe, que presentan niveles relativamente aceptables de Necesidades Básicas Insatisfechas (NBI).

Por ejemplo, Atlántico no supera el 10 por ciento de población con NBI, Bolívar y Magdalena están por encima del 20 por ciento, Sucre sube al 30 por ciento, mientras Córdoba se acerca al 50 por ciento y La Guajira supera esa cifra. Asimismo, La Guajira es casi totalmente dependiente de alimentos foráneos, pues ha llevado al mínimo su producción de alimentos (ver gráfico).

La Guajira es un territorio mucho más que vulnerable alimentariamente, pues no solo no produce alimentos, sino que el equilibrio que había logrado frente a la forma de vida de esta zona desértica se rompe cuando los productores de cultivos perennes en la región acaparan la poca agua disponible para cubrir las necesidades de su población, aún las más básicas, al punto que amplias zonas del departamento como Uribía y Manaure, además de morir de sed, viven de los alimentos obtenidos en la frontera con Venezuela, generando una dependencia que los deja frágil alimentariamente, pues el más leve cambio en el abastecimiento de alimentos y agua desencadena una situación extrema de muertes por desnutrición que no son otra cosa que muertes por hambre.

Esa fragilidad alimentaria se manifiesta de manera más dramática cuando no es posible que haya abastecimiento de alimentos para La Guajira de parte de los departamentos con los que limita, pues toda la región tiende a eliminar su vocación agrícola que hacía de estos territorios despensa alimentaria para la región Caribe. La fragilidad alimentaria se generaliza en la costa Atlántica y La Guajira es su más triste exponente, más aún cuando las tierras de los municipios antes productores de alimentos hoy están dedicadas a grandes extensiones de palma y otros agrocombustibles, y ya no hay producción de comida, porque aunque es un cultivo la palma, la palma no se come. Por otra parte, donde se cultivaba algo de yuca y plátano en La Guajira o en las regiones aledañas, ya no se cultiva nada… ahora La Guajira solo saca carbón y ese ni se come, y por lo que estamos viendo, tampoco da de comer…

Todo este conjunto de amenazas y de falta de alternativas para una solución sostenible a largo y mediano plazo tienen a La Guajira acorralada. Ya no es solo una región vulnerable, sino frágil alimentariamente.

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