Miércoles, 23 Mayo 2018

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Eduardo Chavez 
 
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El conflicto armado de Colombia ha tenido como principal escenario la variedad de bosques que cubren nuestro territorio, y ello ha incidido en su marginalidad y en la de su gente.
 
Dos tipos de impactos ha tenido la guerra sobre los bosques: de un lado, ha servido para conservarlos y restaurarlos, ya sea por el oscuro camino del desplazamiento de colonos o porque actores armados con métodos poco santos han obligado a la conservación. De otro lado, la misma guerra ha servido a su degradación, pues la impunidad que genera ha amparado depredadores de todo tipo como los que acabaron con el lecho del río Dagua en el área rural de Buenaventura, o los que arrasaron con especies forestales preciosas de los bosques primarios en Bahía Solano.
 
Es claro, entonces, que el fin del conflicto colombiano va a incidir en el futuro de los bosques, nuestro principal patrimonio natural. Por eso, depende de lo que desde hoy hagamos que esta incidencia sea positiva y contribuya a su conservación, al aprovechamiento sostenible de su riqueza, a la integración respetuosa de las comunidades que los circundan y a la formalización de todas las actividades que en ellos se desarrolla.
 
A pesar de ser los bosques los protagonistas de primer orden del conflicto, es extraño que poco se haya pensado sobre su rol en el posconflicto. Ellos pueden y deben constituir el escenario por excelencia de construcción de la paz duradera que anhelamos los colombianos. En este contexto cobran relevancia iniciativas como la de la Red Latinoamericana de Derecho Forestal y Ambiental (Redalefa), que escogió a Colombia como sede de su X Congreso Latinoamericano de Derecho Forestal Ambiental “Bosques, gente y paz, una oportunidad para la integración latinoamericana”, que se empieza a estructurar desde ahora y que tendrá su momento síntesis en marzo de 2016 en Bogotá.
 
Según el boliviano Wilson Rocha, coordinador de Reladefa, los bosques protegen, nutren, fortalecen, energizan y sacian, lo que los convierte además de escenario, en protagonistas vivos del desarrollo rural de Colombia. Por su parte, la coordinadora andina y amazónica de la Red, la colombiana Gloria Sanclemente, dijo que esta es la hora de profundizar en los análisis sobre las zonas de reserva forestal, sus implicaciones sobre la propiedad de la tierra, la titulación de baldíos en zonas de cobertura forestal, el papel de los entes territoriales, los incentivos  a la conservación vs. la producción y la tenencia de la tierra, entre otros temas.
 
Eventos como este congreso son el escenario ideal para que la academia, las organizaciones agrarias, los empresarios del campo y el Estado revisen las posibilidades jurídicas, técnicas e institucionales para identificar las oportunidades económicas que ofrece el manejo sostenible de los bosques en el posconflicto.
 
Teóricamente, todos los actores armados han manifestado compromiso con la preservación de la biodiversidad asociada a los bosques, así que avanzar en acciones que ayuden a su conservación puede aportar elementos para el desescalamiento del conflicto que todo el país reclama. Es decir, que podamos desde ahora, en zonas específicas de los bosques colombianos, empezar a vivir las posibilidades del posconflicto aún antes que se firme el fin definitivo de la guerra. Las fronteras pueden ser algunas de ellas, con todo lo que puede darse en materia de integración con las naciones vecinas.
 
El experto forestal Germán Ríos dice con razón que la mirada debe dirigirse no solo a los bosques actuales, sino también a los suelos forestales, para abrir todas las opciones de restauración de ecosistemas ya degradados. Pero él mismo insiste en que los pobladores merecen una atención particular, pues la baja realización de derechos de esas poblaciones golpea las posibilidades de convivencia, de construcción de paz y de un entorno natural de calidad. Esta es una oportunidad para incorporar al campesinado y a comunidades étnicas a la economía basada en el desarrollo forestal del país.
 
El debate es también la oportunidad de construir un contexto adecuado para la industria y el comercio forestal, basados en el cultivo de especies propias de los ecosistemas y en modelos como la agroforestería, el enriquecimiento de rastrojeras, el uso forestal intenso en tierras marginales de ganadería y la recuperación de áreas degradadas.
 
Es buen augurio que importantes sectores académicos relacionados con la conservación hagan del posconflicto y sus disciplinas el foco de sus estudios. Así estamos creando el mejor ambiente para la paz.
 

 

 

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