Martes, 22 Octubre 2019

Texto y fotos: Vanessa Saldarriaga Soto

En los últimos 50 años, la línea de costa del Caribe colombiano ha sufrido drásticos cambios, asociados al aumento del nivel del mar, al intenso oleaje, a los sedimentos y a acciones humanas.

La ola se levanta, muestra sus fauces y embiste las rocas que bordean la carretera Ciénaga-Barranquilla en el kilómetro 19. Allí, el mar ha invadido en 65 años casi mil metros de playa. Viene por más. Así las piedras lloren, la ofensiva no cesará. Científicamente, el fenómeno es conocido como erosión costera, pero para pescadores como Róbinson Borrero la explicación se resume en que “el mar se comió la playa”. Cuenta que lleva más de 50 años extendiendo sus redes por la zona y que el paisaje ha cambiado drásticamente frente a lo que recuerda de su niñez.

No es casual que su remembranza parezca un cuadro difuso frente a la realidad. Las variaciones en el litoral Caribe colombiano por cuenta del avance del mar sobre la línea de costa alcanzan cifras preocupantes. A 2014, el 48 por ciento de los 2.445 km de costa colombiana enfrentaba problemas de erosión, según el grupo de investigación Geología, Geofísica y Procesos Litorales de la Universidad del Atlántico. En el 2008, el Instituto de Investigaciones Marinas y Costeras (Invemar) dijo que solo el 24 por ciento de estas se encontraban afectadas. En seis años, el alcance del fenómeno se ha duplicado en las playas de la región.

En la sabiduría popular de Róbinson, “el agua reclama lo que le fueron quitando”, dice con sus hombros levantados como si se tratara de algo obvio. Pero para Gloria López, experta en geocronología, la evolución de la costa marina no puede verse solo que si el agua estaba playa adentro o no, pues asegura que “la hidrodinámica del Caribe es muy fuerte”.

“Las alteraciones actuales se presentan en una época muy particular, porque hay una evidente transgresión del mar sobre el continente asociada al cambio climático por contaminación”

Una historia de ires y venires

Iván Correa, geólogo experto en zonas litorales, explica que el Caribe se ha visto influenciado por numerosos ascensos y descensos del nivel del mar, a partir de eventos de cambio climático. Por ejemplo, lo que hoy es territorio sumergido, hace millones de años correspondía a enormes llanuras costeras.

Uno de esos cambios arrancó hace 18 mil años, durante el último gran glaciar. En ese entonces había amplias zonas costeras debido a que la mayor parte del agua del planeta estaba almacenada en los polos. Luego, con el aumento de la temperatura de la Tierra, una parte de los casquetes polares se derritió y el nivel del mar subió.

No todo sucedió de un día para otro, fue un hecho paulatino que tardó miles de años y que llevó a ubicar el nivel del mar en la posición “que ahora más o menos tiene”, asegura Correa.

Manuel Alvarado, ingeniero civil y experto en asuntos ambientales, explica que no solo ha habido cambios en el comportamiento del mar, sino también del río Magdalena. Hace siete millones de años, la desembocadura del Magdalena no quedaba en lo que se conoce ahora como Bocas de Ceniza, sino en el departamento de La Guajira, y fue “moviéndose” hasta llegar al punto actual. Esto también se relaciona con los cambios en la costa, pues el aporte de sedimentos a las playas fue determinante para la aparición de zonas de barrera que permitieron la conformación de ciénagas.

Sin embargo, Correa destaca que las alteraciones de hoy en día se presentan en una época “muy particular”, porque hay una evidente transgresión del mar sobre el continente asociada al cambio climático por contaminación.

Recuadro Costa del Caribe

“El culpable es el hombre”

Róbinson, que vive en Barranquilla, cuenta que va hasta las playas del Magdalena por lo menos tres veces por semana a pescar “algo para vender”, aunque lamenta que el negocio no rinde como antes. Ya no encuentra peces en la Ciénaga Grande de Santa Marta, el aumento del oleaje no favorece sus faenas y cada vez hay menos playas para caminar.

Él no sabe de ciencia, pero es buen observador. Le atribuye la culpa al ser humano por “el mal” que le ha hecho a la naturaleza. Su relato no podría estar cargado de algo diferente a indignación, pues el Magdalena es el departamento con el mayor índice de costa afectada en la región por erosión, equivalente al 79 por ciento de sus 305 kilómetros sobre el litoral.

Nelson Rangel, geólogo magíster en Ciencias de la Tierra y doctor en Ciencias del Mar, describe que la erosión es un proceso natural, pero coincide con Correa en que actualmente hay numerosos factores que aceleran su avance: la ocurrencia de eventos extremos ligados a cambios de marea, la deforestación de cuencas y problemas asociados a alteraciones en los aportes de material de sedimento.

Precisamente, el aumento de la temperatura en la Tierra por cuenta del calentamiento global incrementó el nivel del mar en 1,7 mm por año durante el siglo XX. Pero entre 2000 y 2010, de acuerdo con estudios de la Universidad de Harvard, la media alcanzó los 3 mm, casi que se duplicó.

Recientemente, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible advirtió que, de continuar con los actuales niveles de emisión global de Gases de Efecto Invernadero (GEI), la temperatura anual en el país podría elevarse unos 2,14 ºC hacia el 2100, según cifras del estudio Nuevos escenarios de cambio climático para Colombia 2011-2100. Herramientas científicas para la toma de decisiones, del Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam).

El documento señala como consecuencias un notable incremento del nivel del mar, que “comprometería no solo parte de las fronteras (por cambios en la línea de costa), sino a las poblaciones y ciudades asentadas en estos espacios”. Ello podría llevar al reasentamiento de comunidades enteras que huirían de inundaciones marinas y Cartagena es una de las ciudades más expuestas al fenómeno.

En cuanto a la deforestación, Rangel agrega que la vegetación tipo manglar es una barrera natural que defiende a las costas del oleaje y, además, ayuda a contener sedimento, pero la tala para producción y comercialización de carbón vegetal ha debilitado evidentemente las zonas litorales.

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En el kilómetro 19, en la vía Ciénaga-Barranquilla, la erosión amenaza con inundar la carretera. La obra de defensa puesta para contener el embate del mar es sitio frecuentado por turistas.

Lo que no volverá a ser

Hace casi un siglo, entre el muelle de Puerto Colombia y el corregimiento de Sabanilla existía un brazo peninsular que cumplía las funciones de un tajamar natural. Era conocido como Isla Verde, pero hacia 1945 este empezó a desaparecer entre olas que se “tragaban” su arena y perforaciones en búsqueda de petróleo.

De acuerdo con un estudio del grupo de investigación en Geología, Geofísica y Procesos Litorales, liderado por Rangel, en los últimos 20 años la erosión avanzó hasta 29,5 metros anuales en estas playas. Pero no solo este municipio de la costa Caribe ha perdido amplias porciones de tierra. En Puerto Rey, Córdoba, el mar ha “mordido” las playas, a la par que arrasa con casas y kioskos. Lo que hacia 1953 podía observarse en los mapas como un amplio islote, ahora no es más que territorio bajo el agua. Allí, en 30 años se han perdido 900 metros lineales de costa.

La situación más crítica por erosión se registra actualmente en Córdoba, donde el retroceso de línea de costa alcanzó los 56,6 metros por año entre 2011 y 2014, en el sector de Punta Broqueles. Rangel explica que las causas asociadas a la pérdida de terreno en estos puntos guardan relación con alteraciones en la dinámica de flujo de sedimentos en las playas.

El geólogo Iván Correa, quien también es investigador de la Universidad Eafit, afirma que aparte de factores como el aumento del nivel del mar y el comportamiento de la marea, hay intervenciones locales que han influido en el cambio de aportes sedimentarios en la región. Entre estas destaca la construcción de los dos tajamares en Bocas de Ceniza que arrancó en los años 20.

Antes de eso, los sedimentos que arrastraba el río Magdalena alimentaban las playas ubicadas entre Atlántico y Chocó, pero después del encauzamiento se redujo el material, porque una parte importante de arena ahora se va por el cañón submarino que queda en el extremo del enrocado. “Si no hubiéramos construido esos tajamares, probablemente no tendríamos tantos problemas de erosión hacia la zona suroeste del mar Caribe”, puntualiza.

Para Gloria López, otro factor local que incide en la erosión corre por cuenta de la construcción de la vía Ciénaga-Barranquilla, la que afectó el intercambio natural de aguas entre la Ciénaga Grande de Santa Marta y el mar. “Esta ya no puede ser llamada un delta activo porque se está secando”, advierte.

Y es que el levantamiento de la carretera implicó el taponamiento de puntos por donde fluían agua y sedimentos, los cuales se asentaban en la barrera natural que separa a la ciénaga del mar y mantenían un equilibrio en las playas frente a la erosión que normalmente se registra. Ahora, con este flujo alterado, gran parte del sedimento se ha estancado en la ciénaga. “El ecosistema inter-no de este cuerpo de agua concentra más salinidad y se muere el mangle, los peces y las gaviotas. Abrir una boca y dejar que entre un poco de agua también daña el ecosistema.

Hay que hacerlo con mucha cautela y despacio”, concluye López. Según Constanza Ricaurte, investigadora de Invemar, la amenaza de pérdidas de playa está al acecho para numerosos sectores, entre estos Puerto Velero, en el Atlántico, y el polémico kilómetro 19. “Puede que en poco tiempo desaparezca Puerto Velero. Eso es grave, teniendo en cuenta que hoy en día hay un importante desarrollo turístico en la zona”, asevera.

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De espolones y otras soluciones

Cartagena es una ciudad doblemente amurallada y doblemente conquistada. Primero fueron los españoles, quienes llegaron y empezaron a encerrar la Heroica hacia finales del siglo XVI para protegerla de los ataques de los piratas. Y luego, cuatro siglos después, sus mandatarios tuvieron que ubicar espolones, rompeolas y recubrimientos para defenderla del asalto del mar. Es, literalmente, un ‘corralito de piedra’.

Según el grupo de investigación en Geología, Geofísica y Procesos Litorales, a 2014 había unas 350 estructuras de protección costera a lo largo de la zona de costa Caribe. Esto, de acuerdo con López, no es una opción que erradique la erosión y tampoco previene las inundaciones. Afirma que las obras no deben interferir con la dinámica natural de la playa, pues terminan trasladando el problema a sectores donde antes no había erosión. “Las afectaciones ya saltan a la vista”, sentencia.

Al respecto, Constanza Ricaurte destaca que las intervenciones venideras deben ser pensadas para un todo y no para determinados sectores. “Se deben regenerar playas, hacer dunas y recuperar manglares. En resumen, obras blandas que no afecten el entorno como los espolones”, manifiesta.

Como parte de la construcción de dicha solución, el Gobierno colombiano suscribió un convenio el año pasado con el Gobierno de Holanda para desarrollar el Plan Maestro para la Protección de las Zonas Costeras Colombianas, que brindará directrices para actuar frente a este fenómeno.

Por otra parte, López sugiere que la doble calzada Ciénaga- Barranquilla sea diseñada como un viaducto. Para ello, la inversión podría llegar a los 3 billones de pesos, según estimaciones de la Sociedad de Ingenieros del Atlántico, que incluirían la elevación de los 40,6 km de carretera que atraviesan el Vía Parque Isla Salamanca.

Por tal razón, el Ministerio de Transporte anunció que habrá viaductos para tres tramos de la carretera y que su ubicación será precisada de acuerdo con las características del entorno natural. Para tal intervención, la ministra de la cartera, Natalia Abello, dijo que ya cuenta con concepto técnico favorable de Parques Nacionales Naturales.

Mientras las acciones llegan, la historia de lo que el agua se lleva seguirá escribiéndose. La investigadora Ricaurte advierte que ahora arranca un nuevo capítulo titulado subsidencia: un fenómeno que consiste en el hundimiento de superficies, especialmente en zonas litorales, influenciado también por construcciones en sectores playeros. “Esto precipita el avance de la erosión”, argumenta.

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Las barreras de manglar del kilómetro 19 se han deteriorado debido a los efectos de la disminución de las playas.

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