Miércoles, 3 Junio 2020

Por. Eduardo Chávez López

De los 7 millones de kilómetros cuadra­dos de toda la gran región amazónica, los 483.119 que se encuentran en terri­torio colombiano son los que aparecen con la menor intervención humana. Y no es para menos, de ser una extensión que en el siglo XIX no estaba dentro de las prioridades de atención de los gobiernos colombianos, hasta el punto que perdimos con Perú una gran parte de ella, pasamos a dedicar buena parte del Amazonas a la conservación.

Durante el siglo XX y lo que va corrido del XXI, Colombia ha declarado en la Amazonía 10 parques nacionales na­turales y reconocido 121 comunidades indígenas localizadas en la región. Esto mientras nuestros vecinos autorizan, sin el mismo rigor, numerosas explotaciones mineras y petroleras o son complacien­tes con aprovechamientos forestales de gran escala. Navegar por la región del lado peruano frente a Leticia nos permi­te ser testigos de decenas de aserraderos que terminan surtiendo de madera toda la demanda peruana, brasileña y hasta colombiana. De hecho, un gran proyec­to hotelero que se autoproclama ecotu­rístico compra madera de contrabando para edificar sus construcciones, según cuentan los indígenas de la región. Por fortuna, Corpoamazonía, la autoridad ambiental de la región, empieza a su­perar la debilidad institucional de otras épocas para hacer frente a los abusos ambientales que siguen presentándose.

Aunque desde 1978 existe un Tratado de Cooperación Amazónico y en los úl­timos tres años este ha tenido un impor­tante relanzamiento, cada país asume la región de manera diferente. Desde Colombia, el énfasis en la conservación hace parte del ADN de autoridades pú­blicas, académicos, organizaciones de indígenas y algunos líderes empresaria­les.

De este proceso empiezan a participar pueblos indígenas Bora, Cocama, Wi­toto, Muinane, Ticuna y Yagua, cuyo liderazgo natural toma más fuerza en las estrategias públicas de esta zona. En Leticia todos están orgullosos del Plan de Desarrollo Turístico del Amazonas, lo que significa un nuevo paradigma para la región. El Plan ha generado una diná­mica especial en la Alcaldía de la capital, que desde ahora avanza en el propósito de incorporar las variables ambientales en su ordenamiento territorial en el pri­mer semestre de 2014. Buscan acabar con hoteles de garaje y con la inade­cuada ocupación del suelo en los cascos urbanos y en las orillas de los ríos, de tal manera que luzca cada vez más atractiva para visitantes nacionales y extranjeros.

El entusiasmo amazónico se vive tam­bién del lado de la ciencia. Da gusto co­nocer la dedicación de los investigadores del Instituto Amazónico de Investiga­ciones Científicas (Sinchi) en iniciativas que desde la ciencia están permitiendo la implantación y desarrollo de nuevos negocios amazónicos. Ya en los restau­rantes de las principales ciudades del país se ordenan con familiaridad jugos de copoazú y arazá. También se empieza a conocer la marca registrada de la fa­riña producida en nuestro Amazonas, y todo esto gracias a la manera como en­tendieron los estudiosos del Sinchi que la investigación científica debe contri­buir al mejoramiento de las condiciones económicas de la región. Participación social, ciencia, responsabilidad empre­sarial y compromiso público empiezan a ser notorios en nuestro pulmón natu­ral, buen augurio para un territorio que, además de su biodiversidad, alberga el 20 por ciento de las reservas de agua del planeta.

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