Domingo, 22 Julio 2018
Por Eduardo Chávez López
Director de Catorce6

Pocos sectores de la ciudadanía se movilizaron en la campaña del plebiscito como el ambientalismo. Nadie los invitó a hacer campaña, ellos mismos se convocaron, se reunieron, armaron su propia plataforma, viajaron a La Habana con sus propios recursos, buscaron al Gobierno y se hicieron sentir. Han estado siempre presentes en la academia, en ONG internacionales y nacionales, unos muy pocos en la política regional y la mayoría en el activismo local por la defensa de algún ecosistema o especie amenazada. Aunque entre ellos tienen diferencias en muchos temas, sus coincidencias son tan marcadas que cada vez que se reúnen, y lo hacen en coyunturas muy especiales, logran ponerse de acuerdo y trabajar juntos.

Aunque la inmensa mayoría de ellos realizó una intensa campaña por el Si, no alcanzaron a deprimirse con los resultados del 2 de octubre, porque son gente curtida en mil batallas que a los ojos de los demás son perdidas, pero para ellos la sola batalla -independientemente de su resultado- es el logro.

El conjunto es una combinación de edades que van desde los veteranos Julio Carrizoza, Margarita Marino, Alegría Fonseca y Gustavo Wilches hasta los muy jóvenes activistas del humedal de La Conejera. Pero también de regiones como el Caribe de Rafa Vergara y Sandra Vilardy y el sur de la pastusa Carolina Lugo.

La misma noche del plebiscito ya estaban pensando cuál sería su siguiente desafío y rápido encontraron su próximo objetivo. Esta vez se proponen hacer realidad ese concepto de la paz territorial que aparece en los acuerdos pero que poco desarrollo ha tenido. Para ellos se trata de la posibilidad de conseguir nuevas alternativas de relacionamiento entre los seres humanos y de estos con la naturaleza. Plantean que se debe comenzar en los territorios más afectados por la guerra. Están convencidos que no se necesitan nuevos acuerdos ni refrendaciones porque las herramientas las da la Constitución, la Ley y la jurisprudencia. Por eso se van a dedicar a suscitar la voluntad ciudadana.

Es que los ambientalistas se están convirtiendo en un grupo de opinión definitivo en las dinámicas nacionales y locales. El énfasis que hacen en los procesos de educación ambiental les da una legitimidad que pocos líderes sociales tienen, el rigor con que la mayoría de ellos enfrenta los debates los convierte en interlocutores constructivos y el compromiso que asumen con los asuntos públicos los convierte en una esperanza.

Los gobiernos nacionales y locales tienen en los movimientos ambientalistas unos interlocutores desinteresados que ayudan a nutrir la agenda pública. Las empresas encuentran en la mayoría de los activistas ambientales la mirada crítica que les ayuda a balancear sus operaciones desde la perspectiva de sus impactos y la manera de mitigarlos. Las comunidades una guía sana libre de corruptelas.

La construcción de la paz implica recorrer el camino de la integración de la sociedad y para ese propósito los ambientalistas cumplen una función decisiva.

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